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domingo, 30 de noviembre de 2008

Adiós a los rickshaws

Escrito por:

Calvin Trillin

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Foto de Ami Vitale

Kolkata está resuelta a consolidar su imagen moderna y a prohibir un poderoso símbolo del pasado colonial de la India.

La estrategia de quienes van al volante en Kolkata, conductores de automóviles particulares, taxis, autobuses, motonetas de tres llantas adaptadas con tablas y bancas como transporte colectivo e inclusive los vehículos impulsados por pedales, es sencilla: abrirse paso a golpe de bocina. Las indicaciones de alto son tan escasas que no son dignas de mención. Para un visitante, los señalamientos que con enormes letras mayúsculas sancionan OBEDEZCA LAS REGLAS DE TRÁNSITO, no están exentos de cierto humor negro. En las angostas calles laterales conocidas como los callejones, oír bocinazos es señal de que un taxi o hasta un camión pequeño está a punto de dar vuelta en la esquina y pasar como bólido por un espacio que no fue diseñado para algo mucho más ancho que una bicicleta. Pero ocasionalmente, durante un breve silencio entre las bocinas, oigo el tintineo de una campana a mis espaldas. Un occidental, saturado de programas navideños, relacionaría ese sonido con un trineo, y voltearía esperando ver a un par de caballos jalando un trineo por bosques nevados. Pero lo que queda ante mi vista es un rickshaw que, en vez de ser tirado por un caballo, es jalado por un hombre –generalmente flacucho, desaliñado y descalzo que parece muy débil para el oficio–. Lleva un cascabel enganchado en un dedo que agita continuamente, produciendo lo que sin duda es el sonido más benigno que pueda emitir un vehículo en esta ciudad.

Entre las grandes ciudades del mundo, Kolkata, la capital del estado indio de Bengala Occidental y hogar de casi quince millones de personas, a menudo es citada como la única que aún conserva una enorme flotilla de rickshaws; como cabría esperar, una distinción de la que las autoridades de la ciudad no están particularmente orgullosas. ¿Por qué? Desde luego que dan ganas de culpar a la Madre Teresa. Un político de Kolkata me comentó que la ciudad es conocida por las tres “emes”: el marxismo, el mishti y la Madre Teresa (Bengala Occidental ha tenido un gobierno dominado por el Partido Comunista durante 30 años y el mishti es un yogur endulzado que le encanta a los locales). No hay duda de que la atención internacional prestada al trabajo de la Madre Teresa, entre los moribundos y los desdichados, hizo que la mente occidental relacionara firmemente el nombre de Kolkata con la miseria, sin importar la frecuencia con que los lugareños hagan notar que Mumbai, por ejemplo, tiene más barrios pobres y superpoblados, y que ninguna otra ciudad de la India puede igualar la riqueza de la vida cultural e intelectual de Kolkata.

Aun el partidario más apasionado de Kolkata reconoce que la ciudad ha tenido periodos verdaderamente difíciles en los 60 años que tiene la India de ser independiente, los cuales empezaron mucho antes de que apareciera la Madre Teresa. La partición que acompañó a la independencia significó que, sin mucha ayuda del gobierno central, Kolkata tuvo que absorber varios millones de refugiados de lo que se convirtió en Pakistán Oriental. En las décadas de los años setenta y ochenta del siglo XX, hubo ocasiones en las que parecía que Kolkata nunca se recuperaría de aquella oleada de refugiados; seguida por otra durante la guerra que convirtió a Pakistán Oriental en Bangladesh. Esos fueron años marcados por fallas en el suministro eléctrico, descontento entre los trabajadores, fuga de industrias a ciudades más prósperas y prometedoras, así como por una brutal violencia política. En 1985, el propio primer ministro de la India, a la sazón Rajiv Gandhi, llamó a Kolkata “una ciudad moribunda”.

Tras decenios de concentrarse en la base de pobres rurales y desdeñar las inversiones foráneas, el Partido Comunista de Bengala Occidental ha adoptado con vehemencia la modernidad y el capitalismo, y aunque los símbolos gubernamentales todavía son lo que cabría esperar de un partido que aún tiene un politburó, la ciudad anima con regularidad a las delegaciones occidentales que buscan oportunidades de inversión. En la actualidad, Kolkata tiene flamantes centros comerciales y modernos pasos a desnivel. Al caminar recientemente por la ciudad, durante una semana más o menos, y siendo a menudo el único occidental a la vista, se me acercaron exactamente dos mendigos.

Pese a la realidad, la percepción pública de cualquier ciudad tarda muchos años en cambiar. Lo mismo ocurre con su nombre: en 2001 cambió oficialmente de Calcuta a Kolkata, que se aproxima más al sonido de este vocablo en bengalí. Al conversar en inglés, nunca oí a nadie llamar Calcuta a la ciudad. Para los occidentales, el medio de transporte con el cual se identifica más a Kolkata no es su moderno metro, sino los rickshaws. Los relatos y las películas exaltan un carruaje de aspecto primitivo con altas ruedas de madera, jalado por un hombre cuya pinta se semeja a alguien que necesita la ayuda de la Madre Teresa. Durante años, el gobierno ha discutido la eliminación de estos vehículos por lo que denomina motivos humanitarios. Pero, recientemente, los políticos también lamentan el impacto que 6 000 rickshaws tirados a pulso tienen en el tráfico de una ciudad moderna y, específicamente, en su imagen. “Los occidentales tratan de relacionar a los mendigos y a esos rickshaws con el paisaje de Kolkata, pero eso no es lo que Kolkata representa –afirmó Buddhadeb Bhattacharjee, primer ministro de Bengala Occidental, en una conferencia de prensa en 2006–. Nuestra ciudad simboliza prosperidad y desarrollo”. A continuación anunció que los rickshaws se prohibirían pronto en las calles de Kolkata.

Los rickshaws no transportan turistas. La gente que vive en los callejones de Kolkata es quien los usa con más regularidad: no los pobres, sino los que están apenas un peldaño arriba de los pobres en la escala social de esta ciudad. Son personas que viajan distancias cortas, por callejones a veces inaccesibles hasta para el taxista más temerario. Por ejemplo, una anciana que debe ir al mercado, puede llegar en un rickshaw, pedirle al wallah que la espere hasta que termine su compra; al volver ella, él acomoda la carga en el carruaje y luego la lleva a su casa. La gente de los callejones usa los rickshaws como un servicio de ambulancia las 24 horas. Los dueños de cafés o de misceláneas los envían a recoger sus insumos; (una mañana vi cómo un wallah llevaba cerca de un centenar de pollos vivos, amarrados en pares y colgados de cabeza, en las estructuras de su rickshaw). Los conductores de rickshaws me comentaron que sus clientes más confiables son estudiantes. Las familias de clase media hacen un trato con un wallah para que lleve a su hijo a la escuela y luego lo recoja.

De junio a septiembre, Kolkata puede tener lluvias torrenciales aunque su sistema de desagüe necesita mucho menos para atascarse. Los residentes, que tienen cierto gusto por la hipérbole, dicen que si en esta ciudad “un gato callejero orina, hay una inundación”. Durante mi estancia, en una ocasión llovió alrededor de 48 horas seguidas. No podía llegarse a barrios enteros en vehículos motorizados, y los periódicos mostraban fotografías de rickshaws jalados por sus conductores a quienes el agua les daba hasta la cintura. Cuando llueve, las cantidades de clientes de los wallahs aumentan considerablemente, al igual que el precio del viaje. Un escritor local me contó que “cuando llueve, hasta el gobernador usa rickshaws”.

Mientras estaba en Kolkata, una revista llamada India Today publicó su clasificación anual de los estados indios, usando criterios de medición como prosperidad e infraestructura. Entre los 20 estados más grandes de la India, Bihar ocupaba el indiscutido último lugar, como lo ha hecho durante cuatro de los últimos cinco años. Bihar, ubicado a unos centenares de kilómetros al norte de Kolkata, es el lugar de origen de la gran mayoría de los wallahs que operan los rickshaws. Una vez que llegan a la ciudad, duermen en la calle, en su rickshaw o en una dera, una combinación de cochera, taller para reparar automóviles y dormitorio, administrada por alguien llamado sardar. Para dormir en una dera, los wallahs pagan 100 rupias por mes (poco menos de tres dólares), lo que parece ser un muy buen trato hasta que uno conoce una de ellas. Su ingreso bruto por día oscila entre 100 y 150 rupias, del cual deben pagar 20 por la renta del rickshaw y de vez en cuando 75 o más rupias de soborno si un policía los detiene, digamos, por cruzar una calle donde está prohibido que circulen esos vehículos. Según un estudio realizado en 2003, en términos de ingresos, los wallahs ocupan casi el último escalafón laboral de Kolkata; sólo les va un poco mejor que a los pepenadores y a los mendigos.

Hay personas, sobre todo personas cultas y con conciencia política, que no se transportan en rickshaws porque les ofende la idea de ser llevados por otro ser humano, o porque piensan que es indigno para alguien de su clase social, pues consideran que los rickshaws son una reminiscencia de la época colonial. Irónicamente, a algunas de esas personas no les entusiasma la idea de prohibir los rickshaws. El responsable de las páginas editoriales del Telegraph de Kolkata, Rudrangshu Mukherjee, ex catedrático universitario que aún escribe libros de historia, me dijo, por ejemplo, que él ve que las consideraciones humanitarias se están decidiendo a favor de mantener en uso los rickshaws tirados a pulso. “Me niego a ser llevado por otro ser humano –me explica–, pero cuestiono si tenemos el derecho a privarlos de su medio de vida”. Los partidarios de los rickshaws hacen notar que, cuando se trata de ocupaciones ignominiosas, los conductores de esos vehículos de ninguna manera son los únicos que se dedican a un oficio degradante en la ciudad.

Cuando le pregunté a un wallah si creía que el programa del gobierno para librar a la ciudad de los rickshaws se basaba en un genuino interés por su bienestar, sonrió al tiempo que contestaba negando con la cabeza; un gesto que interpreté como: “Si usted es tan ingenuo como para hacer esa pregunta, se la contestaré; pero no vale la pena que gaste mis palabras en eso”. Algunos wallahs que conocí se habían resignado al inminente fin de su medio de vida y albergaban la esperanza de que les ofrecieran algo a cambio. “El gobierno era el gobierno de los pobres –me señaló un sardar–. Ahora se estrechan la mano con los capitalistas y tratan de deshacerse de los pobres”.

Pero otros en Kolkata creen que los rickshaws simplemente serán confinados de manera más estricta a determinados barrios, lejos de todos los que deciden las inversiones extranjeras, o que los dejarán extinguirse en forma natural conforme sean sustituidos por medios de transporte más modernos. Después de todo, Buddhadeb Bhattacharjee no es el primer alto funcionario de Bengala Occidental en afirmar que los rickshaws dejarían las calles de Kolkata en cuestión de meses. Ese tipo de declaraciones ya se hizo en 1976. La prohibición decretada por Bhattacharjee ha sido demorado por un juicio y porque la mayoría de la gente de Kolkata cree que a los conductores de rickshaws se les debe ofrecer algún tipo de entrenamiento previo o pago de seguridad social. También puede haberse demorado por una silenciosa renuencia a desprenderse de algo que ha formado parte del tejido social de la ciudad durante más de un siglo. Kolkata, me dijo un residente, “tiene dificultades para dejar ir el pasado”. Un día, un funcionario de la ciudad me entregó un informe del gobierno municipal en el que se planteaban opciones para reincorporar a los wallahs de rickshaws.

—¿Qué opción se ha elegido? —pregunté, haciendo notar que el informe estaba fechado casi exactamente un año antes de mi visita.
—Eso no se ha decidido —contestó.
—¿Cuándo se decidirá?
—Tampoco

Frontera divisoria: Imágenes de Sahel

Escrito por:

Paul Salopek

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Foto de Pascal Maitre

Níger Protegido contra la arena y el sol, un emigrante estira sus piernas durante un descanso en un arduo viaje a través del Sahara, desde Libia hasta su hogar, al sur de Níger.

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Foto de Pascal Maitre

Envueltos en harapos, cubiertos de sal y marcados con cicatrices, los pies de un minero narran la difícil vida que aguarda a quienes se dirigen a este punto fronterizo –antigua prisión del gobierno– para librar sus deudas.

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Foto de Pascal Maitre

Níger Remover arena con palas para marcar un camino cerca de la región de Tali parece una tarea interminable, pero los jóvenes voluntarios aprenden consejos de algunos conductores que utilizan la ruta –una forma de obtener dinero en este pobre y rural país, donde los trabajos son escasos. Pese a la arena asfixiante y sin acceso al mar, Nigeria trabaja para mejorar sus rutas con el apoyo de donadores de Occidente y la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEC, por sus siglas en inglés).

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Foto de Pascal Maitre

Senegal El Sahel termina en el mar Atlántico de Dakar, donde el terreno abierto puede convertirse en una autopista para librar los embotellamientos en la ciudad densamente poblada. En la playa, los barcos pesqueros reparten el botín durante el día y parten por la noche en sus barcos cargados de emigrantes que se arriesgan para cruzar hacia las Islas Canarias –una estación de paso hacia Europa. Cientos de ellos mueren cada año y, pese a que España y Senegal han aumentado las rondas marítimas y aéreas, el éxodo continúa.

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Foto de Pascal Maitre

Sudán Después de un enfrentamiento con las fuerzas del gobierno, los rebeldes de Darfur del Ejército de Liberación de Sudán (SLA, por sus siglas en inglés), se reagrupan en un vehículo que carga armas y un bulto de amuletos para protección mágica. El Ejército de Liberación de Sudán se ha dividido en facciones que atacan a civiles y a sí mismas, como si pelearan contra la armada de Sudán.

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Foto de Pascal Maitre

Níger La arena azota a los pastores cerca de la ciudad de Goudoumaria, una de las tantas regiones en el Sahel donde las áridas condiciones han marchitado las plantas que alguna vez se sujetaron a las dunas de arena y dieron sustento al ganado.

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Foto de Pascal Maitre

Níger En las sombras de una duna movediza, el agua extraída de un pozo riega un pequeño jardín en Yerimaram, al noroeste de Goudoumaria. Una cerca espinada aleja a las cabras y ovejas.

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Foto de Pascal Maitre

Nigeria Los autos chatarra arrojan una capa de gases de combustión en las agitadas calles de Kano.

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Foto de Pascal Maitre

Níger Despojadas por la sequía de las plantas que las mantienen estables, las dunas se desplazan a causa del viento y ruedan a través del paisaje. Aquí en la parte sur del país, amenazan con cubrir algunas superficies planas e irrigadas, donde los aldeanos pastorean a sus cabras.

Haití: Tierra pobre

Escrito por: Joel K. Bourne Jr.

Haití ha perdido su suelo… y los medios para alimentarse.

Haití: Tierra pobre
El estéril suelo de Haití se ha deforestado en parte para satisfacer la demanda creciente de carbón vegetal en lugares como Cité Soleil, uno de los asentamientos irregulares en crecimiento de la capital. Uno de cada cinco haitianos está crónicamente desnutrido.
Foto de Tyler Hicks, New York Times / Redux

El arroz constituye 20% de la dieta en Haití, y ese porcentaje aumenta. En 1981, el país importó 16 000 toneladas. Hoy se introducen más de 350 000 al año. En el país, se produce menos de un cuarto del que se consume.

“Tè a fatige”, dijo 70% de los granjeros haitianos en una encuesta sobre sus problemas agrícolas más importantes. “La tierra está cansada.”

Y no sorprende. Casi desde 1492, cuando Colón pisó por primera vez la muy arbolada isla de La Española, la nación ha ido perdiendo tanto tierra como sangre, primero por los españoles, que plantaron azúcar, y luego por los franceses, quienes talaron los bosques para proporcionarles lugar a los lucrativos plantíos de café, índigo y tabaco. Incluso después de que los esclavos se rebelaron en 1804 para sacudirse el colonialismo, Francia recibió 93 millones de francos de su ex colonia como indemnización, la mayoría en madera. Después de la independencia, especuladores y plantadores de la clase alta expulsaron a las clases campesinas de los pocos valles fértiles hacia las zonas rurales boscosas y escarpadas, cuyas estrechas parcelas cultivadas intensivamente con maíz, frijol y yuca se combinaron con una industria creciente de carbón vegetal y madera para combustible que exacerbó la deforestación y la pérdida de suelo. Hoy queda menos de 4% de los bosques de Haití y en muchos lugares el suelo se ha erosionado hasta la capa rocosa. De 1991 a 2002, la producción alimenticia per cápita ha disminuido 30 por ciento.

¿Qué haces si vives en el país más pobre del hemisferio occidental y el precio del principal carbohidrato –el “arroz de Miami” de EUA– se duplica? La mayoría de las veces, tendrás hambre y verás que a tus hijos les pasa lo mismo.

Pero hay más en juego que la capacidad del suelo haitiano para alimentar a una nación hambrienta. Los países importadores de alimentos también sufren el vertiginoso encarecimiento de los productos básicos, lo que ha motivado un serio cuestionamiento acerca de los objetivos de los programas de asistencia agrícola que se han enfocado más en reducir las tarifas e incrementar los cultivos para exportación que en ayudar a las naciones pobres a alimentarse a sí mismas.

“Así debe ser”, aseveran los funcionarios. “La autosuficiencia alimentaria no es necesariamente el objetivo –dice Beth Cypser, subdirectora de la delegación en Haití de la Agencia Estadounidense de Desarrollo Internacional–. Hay comida en el país. Sólo que el precio es muy alto. Si para ellos tiene sentido económicamente vender mangos e importar arroz, es lo que deben hacer”.

La ecologista Sasha Kramer advierte que el problema es que los agricultores haitianos no pueden vender suficientes mangos para costear el arroz importado. Para fomentar la producción de alimentos, Kramer y sus colegas crearon Sustainable Organic Integrated Livelihoods (SOIL), que construye retretes de composta en comunidades rurales para refertilizar los campos. “Si los haitianos produjeran más localmente –dice– , no serían tan vulnerables a los precios de la comida importada”.

Hasta entonces, Haití representa una dolorosa lección de lo que los científicos del suelo han predicado por años: “Cuando se pierde el suelo de una nación, también la nación se pierde”.



VIDAS DE SAL

Vidas de sal

Escrito por: Marco Vernaschi

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De paso es una sección exclusiva de la edición en español de National Geographic.

Aquí tratamos temas relacionados con América Latina. Este mes, presentamos este artículo sobre las difíciles condiciones de los salineros en el norte de Argentina.

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Los mineros llegan a Salinas Grandes caminando o en bicicleta, en un trayecto de dos horas. La falta de combustible en el salar no deja otra posibilidad.



Tras cuatro horas de subida vertiginosa por las pendientes de la Cuesta de Lipán, llego en jeep al corazón de la Puna Jujeña, en los límites extremos del noroeste argentino, donde se tocan los márgenes del mundo. A unos kilómetros, las siluetas de Los Andes abren los caminos rumbo a Chile y Bolivia. Delante de mis ojos se abre un océano de silencio y sal: las Salinas Grandes. En esta perfecta síntesis de aislamiento y luz, parece imposible cruzarse con personajes como Bernabé, un salinero de 40 años que, según las marcas que se cruzan en su rostro, parece haber vivido dos veces su propia vida.



Una de las primeras preguntas que me hace, cuando me invita a tomar un té de coca en su casa de adobe, es: “¿Cómo llegaste desde Europa, con tu jeep o en colectivo?”. Desde ese momento elijo omitir los detalles sobre mi origen geográfico y mi cultura, ambos italianos. Rosa, su mujer, envuelta en ropa hecha de lana de llama, me sonríe mientras sirve otra taza. Sus pómulos están quemados por el sol y pulidos por el viento.



Durante siglos, los quechuas, herederos de la cultura inca, han vivido en condiciones extremas en las márgenes de las Salinas Grandes del Noroeste, perpetuando gestos y tradiciones que quedaron prácticamente inalterados en el tiempo. Aquí se respetan aún las leyes de la Pachamama, la Madre Tierra, so pena de convertirse todos en piedras, como reza la leyenda. Irónico, porque la vida de estos salineros es tan dura como los cristales de sal, los cuales, a pesar de todo, son su única fuente de supervivencia.


Aun antes del asentamiento inca en esta región, la sal era considerada una mercancía de intercambio de importancia fundamental, el único recurso que permitía obtener frutas y verduras, hojas de coca y todo aquello que no se puede cultivar a 3 450 metros de altura, en una de las más áridas regiones del planeta. Hoy en día han cambiado las modalidades de intercambio, pero las dinámicas para subsistir son siempre las mismas.



Hay que despertar antes del amanecer y recorrer cinco kilómetros para llegar al área de extracción en medio de las salinas: picos, palas, hachas y escodas para penetrar los 50 cm de suelo calcificado bajo el cual crecen las gemas. El viento constante que transporta el polvillo salado, desprendido del suelo erosionado, quema gradualmente los pulmones y corroe la piel. El sol vertical incendia los ojos y lentamente apaga la vista. Las manos se laceran por el prolongado contacto con el agua ácida, saturada de sal.

Óscar, carismático líder de la cooperativa minera de Salinas Grandes, camina a mi lado por una calle desierta de Pozo Colorado, contándome algunas de las aflicciones de la comunidad. “En este pueblo falta de todo. El gobierno nos ha olvidado y abandonando. Hace años construyeron un pozo artesiano para la extracción de agua potable, pero el frío y el hielo ya lo destruyeron. En este lugar hemos trabajado como burros por generaciones, pero nuestros hijos están condenados a vivir en la misma pobreza. Vivir aquí significa sobrevivir. Es una maldición y nuestro único destino”.

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Un salinero corta ladrillos de sal con herramientas manuales. Algunos serán utilizados como salera para ganado

En las Salinas Grandes, todos los hombres, sin excepción, forman parte de una cooperativa que trabaja ininterrumpidamente durante 11 meses al año. Sólo en febrero, cuando la lluvia recubre el manto salado del desierto, las herramientas se dejan a un lado. La rutina de trabajo se divide en tres fases principales para elaborar la sal. Sin utilizar sistema mecánico alguno, los salineros penetran la capa más dura y superficial para acceder a los cristales que crecen por debajo, en el agua. Entonces, se extraen las gemas, que se dejan secar al sol. Terminado este proceso, se embolsa el producto grueso en sacos de yute, cada uno de los cuales pesa 50 kilos y se vende en 60 centavos de peso argentino, apenas 20 centavos de dólar. La recaudación final es dividida equitativamente entre los casi 80 miembros de la cooperativa.

Los esfuerzos de estos salineros se materializan en 1 626 piletas de extracción, unas excavadas en la parte central del salar, otras cerca de la carretera principal y otras más a kilómetros de distancia. Cada pileta puede producir alrededor de 2.5 toneladas de sal al año en esas 1 200 hectáreas de desierto.

De acuerdo con la Secretaría de Turismo y Cultura del gobierno de Jujuy, en la actualidad se emprenden numerosos proyectos turísticos en el área de las Salinas Grandes para mejorar la calidad de vida de los pobladores del lugar. Para esta dependencia, las salinas representan un recurso trascendente para la oferta turística provincial por su majestuosidad y cuentan con una difusión permanente.

Y en efecto, además de revender las gemas, y gracias al ingenio fruto de la necesidad, las comunidades de las Salinas han aprendido a esculpir en la sal pequeñas llamas, cardones y otros souvenirs que venden por 10 pesos a los turistas que cruzan el desierto. Una ganancia excepcional con respecto al comercio tradicional. Óscar confía en esto para comprar un boleto hasta San Salvador de Jujuy y poder consultar a un dentista por primera vez. En el corazón de las Salinas hay una improbable casa de sal en construcción: el piso, las paredes, las mesas y las sillas están elaborados con bloques de sal cortados en ladrillos. El proyecto inicial era crear un comedor para mineros, pero, considerando el flujo creciente de turistas, se decidió convertir el edificio en un restaurante.

Los bloques de sal también tienen otro uso más antiguo y tradicional. Catalina, a sus 72 años, comercia todavía con ellos, revendiéndolos como “integrador de minerales” para animales domésticos (las llamas, cabras y burros necesitan lamer sal para complementar sus dietas, y los quechuas aprendieron a dejar en los corrales algunos panes con este propósito). Así que, dos veces por semana, Catalina atraviesa el desierto salado en compañía de sus tres burros y su perro. Camina durante seis horas hasta llegar al lugar donde Omar, su hijo, trabaja como cortador. Con los ladrillos cargados sobre el lomo de los animales, parte rumbo a los pueblos limítrofes, marchando por innumerables horas. Allí los venderá o intercambiará por fruta o por una carga de hojas de coca para masticar.

Como todas las tristezas, las de los salineros tienen una pausa durante los últimos tres días de julio. Si bien sería demasiado hablar de una sociedad matriarcal, son exclusivamente las mujeres quienes pueden asistir a las ceremonias religiosas de relevo, como el rito de agradecimiento a la Pachamama.

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Todos los años, en Salinas Grandes, se lleva a cabo el ritual de la Pachamama (Madre Tierra) para pedir la protección de las llamas jóvenes. En el ritual, casi exclusivamente dirigido por las mujeres mayores del pueblo, se utilizan hojas de coca para bendecir los corrales de las llamas.

Rosa, Mirta y Josefina preparan hoy la ceremonia: rezarán a la Pachamama invocando una bendición para las llamas recién nacidas. Desde siempre, las llamas fueron fuente de sostén y símbolo de riqueza. Su lana resistente y preciada es, desde los tiempos preincaicos, vital para el sustento de los pueblos andinos. Antes de la llegada de los burros, introducidos por los españoles, las llamas estaban estrechamente ligadas a la cultura de la sal y eran el único medio para transportar esta mercancía.

El rito toma forma en el corral de los camélidos, mientras en las jarras de terracota arde una resina aromática parecida al incienso. Una letanía de plegarias susurradas por las ancianas del pueblo acompaña la ofrenda de bebidas, hojas de coca y chicha, una especie de cerveza de maíz común en todo el territorio de los Andes. La ceremonia es una mezcla de antiguas expresiones de origen precolombino, signos de la cruz e invocaciones católicas, paradójicamente dirigidas a una diosa pagana.

Después de la celebración, los trabajos de la mina se reanudan, y los habitantes de las Salinas Grandes esperan a que transcurra otro año, y otro y otro, a ver si las condiciones mejoran. A pesar de que el gobierno de Jujuy tiene planes de mejora basados en el turismo –como la caravana de llamas denominada “El camino de la sal”, que en teoría atraerá a los muchos turistas que quieran realizar el mismo recorrido que hacían los antiguos pobladores en busca de este preciado mineral–, estos seres de sal dudan siempre de los beneficios gubernamentales. “Si nacés salinero, morís salinero…”, expresa Bernabé, y en sus palabras gravita todo el mundo de esas cuarenta familias que continúan viviendo en este lugar inhóspito del orbe.

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Un salinero cuida de su único guanaco, secándole el pelo después de la lluvia. Las temperaturas en el salar bajan mucho en la noche y un animal mojado podría morir de frío, grave daño económico para un quechua.

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